sábado, 5 de enero de 2019

Listos para la batalla Día 3

El Señor nos ha levantado como reyes y sacerdotes. Conocemos muy bien nuestras funciones como reyes, los privilegios que podemos disfrutar, los beneficios y las promesas con las que contamos por gozar de esa función.

Pero lo que el Señor busca en estos tiempos es sacerdotes. Aquellos que estén dispuestos no solo a gozar de las riquezas, sino a sacrificarse por los otros; a quedarse sin el aplauso, porque nadie verá lo que están haciendo; o a perder la voz de tanto gritar diciéndole a Satanás que suelte las almas que tiene atrapadas.

Ambas son nuestras tareas, funciones, privilegios y responsabilidades. Somos reyes (y muchos procuran serlo), pero también somos sacerdotes. ¿Y cuál es la función del sacerdote? Muy simple, el sacerdote es aquel que se interpone entre Dios y el hombre, haciéndose cargo de los pecados del pueblo.

En las Escrituras, tenemos muchos ejemplos de verdaderos sacerdotes. Encontramos un Moisés que, en repetidas ocasiones, se presentaba ante Dios para reclamar por su pueblo. Cuando el pueblo sufría hambre, Moisés clamaba a Dios. Cuando el pueblo tenía sed, Moisés intercedía delante de Dios. Siempre que los israelitas se veían en aprietos y sufriendo, allí estaba Moisés cargando con todos los reclamos del pueblo, haciéndose responsable por ellos frente a Dios.

Y podríamos hablar de tantos otros como Daniel, Abraham, Débora, Jeremías, Joel, Elías y más, quienes no hicieron a un lado su función de sacerdotes, sino que se pusieron en la brecha, delante del Señor, para clamar por otros.

Dios busca hombres y mujeres valientes que quieran exponerse delante de Dios, y no solamente gozar de sus bendiciones.

Apocalipsis 1:6
6y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;Ex. 19.6; Ap. 5.10. a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.

Éxodo 32:31-32
31Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, 32que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.
Ap. 3.5.

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