domingo, 2 de diciembre de 2018

Listos para la batalla Día 2

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La intercesión nace en el mismísimo altar de Dios, cuando hay un corazón que sufre por los perdidos, por ver al mundo caminar hacia la perdición, sin esperanzas.

La obligación del sacerdote era mantener siempre la llama encendida; debía poner leña en el altar “cada mañana”. Hay un altar encendido —el altar personal—, donde aquellos que oramos le pedimos a Dios por nosotros, por nuestra familia, por el país, por el gobierno, por la Iglesia, por los que sufren.

Cada mañana debemos reavivar el fuego del altar. Si dejamos que se apague, estaremos fallando en el principio que Dios nos enseña. Debemos mantener nuestro altar, nuestra devoción a Dios encendida. No podemos dejarlo apagar bajo ningún concepto.

Muchas veces, el apuro y las numerosas actividades hacen que nuestro tiempo de oración sea casi una obligación: “Señor, bendíceme en este día. Guarda mi vida, mi familia… Amén”. Dios nos demanda otra cosa. Mantener el fuego encendido implica algo más de trabajo que solo acercarnos al altar.

Cuando nos encontramos frente al altar, ante el fuego encendido, el Señor se encarga de quemar todas nuestras impurezas.

Dios busca hombres y mujeres que se pongan de rodillas frente a Él, velando no solo por sus necesidades, sino intercediendo por aquellos que sufren. Cuando lo hacemos, nuestra oración llega hasta el mismo trono de Dios.

No nos será posible interceder si en nuestros oídos no sentimos ese grito de dolor, el alarido desgarrador de aquel que sufre, si no podemos ver sus caras agonizando, esperando solo la muerte; personas que están en agonía, gritando de dolor por la enfermedad, pidiéndonos ayuda.

Si estás dispuesto a interceder, prepárate una toalla bien grande porque la vas a empapar con lágrimas.

Tomemos como sumo ejemplo a nuestro Salvador y comencemos a orar, clamar, gemir, llorar con gran clamor y lágrimas por aquellos que se pierden. No dejemos pasar un solo día sin que esto sea una realidad en nuestras vidas.

Levítico 6:12-13
12Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz. 13El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará.

Salmos 126:5
5Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.

Hebreos 5:7
7Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte,Mt. 26.36-46; Mr. 14.32-42; Lc. 22.39-46. fue oído a causa de su temor reverente.

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