domingo, 16 de diciembre de 2018

Libre de la ira y el enojo Día 6

No demos lugar al diablo


De las muchas verdades que nos enseña la carta a los efesios capítulo 4, comenzaremos diciendo que es posible airarse, es decir, enojarse, sin que llegue a ser un pecado. La cuestión pasa por el tiempo en que convivo con el enojo, porque éste va creciendo, presionando dentro de mí, hasta que da a luz pecados consecuentes. No puedo permitirme que ese día termine, sin llegar a resolver el asunto por el cual estoy enojado. 

¿Por qué no debo hacerlo? La razón específica es porque no debo dar lugar al diablo. Este es un concepto muy interesante. La palabra «lugar», es topos en griego, de donde surge, por ejemplo, la palabra topografía. Significa un espacio como punto de apoyo para entrar, una especie de permiso. Si no tratas muy pronto este enojo, estás dando al diablo «permiso», «acceso» para entrar. También hemos de notar, que el enojo y la ira no resueltos, traen tristeza al Espíritu Santo, entristece a Dios. 

Fijemos ahora la atención en aquellas cosas que tenemos que hacer para resolver estas situaciones. Esto implica decisiones anteriores que me comprometo a cumplir. Recae sobre nosotros, los hijos de Dios, decidir quitar lo que no sirve de nuestras vidas, esa es nuestra responsabilidad. No podemos esperar que Dios lo haga por nosotros. Él ya hizo lo que prometió, por gracia nos dio la salvación en Cristo, nos hizo sus hijos, pero a nosotros nos corresponde vivir como tales. Dejando de lado todas aquellas cosas que no son característica de nuestra posición de santidad.

Pablo es claro cuando dice: Quítense de vosotros, es algo que nosotros debemos hacer. Es imperativo, una orden, que no deja lugar a dudas en cuanto a quién es el responsable de lo que se debe hacer. Toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia, nada de eso debe estar presente en el hijo de Dios, porque depende de que nosotros lo quitemos de nuestra vida, no podemos darle cabida.

La palabra perdón, tiene el concepto de «separar», de separar el mal, el pecado, de la persona. En los primeros años de ministerio en Argentina, muchas personas hablaron muy mal de mí, diciendo muchas mentiras, pero los perdoné. ¿Saben lo que hice? Empecé a orar por ellos. Cuánto más oraba, más pena y tristeza me daba la situación y después, sin justificar el mal o negarle su importancia, pude separar, en mi interior, el mal cometido, de la persona que lo ocasionó.

Efesios 4: 26-32
26Airaos, pero no pequéis;Sal. 4.4. no se ponga el sol sobre vuestro enojo, 27ni deis lugar al diablo. 28El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. 29Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. 30Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. 31Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. 32Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

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