martes, 27 de noviembre de 2018

Peregrinos Y Extranjeros Día 4

Daniel y sus amigos. Firmeza en la persecución (Daniel 3)
Tres jóvenes en un país extranjero. ¿Quién iba a estar pendiente de ellos? ¡Ay, pero siempre hay alguien mirando si se trata de creyentes! “Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre (…), se postre y adore la estatua de oro; y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo. Hay unos varones judíos …” (Dn.3:10-12).Podemos creer que somos insignificantes, que no importa lo que hacemos o decimos, que nadie se va a fijar… pero siempre hay alguien observando. En algún momento lo supieron y ya no nos quitan el ojo de encima. Ellos tres lo sabían. Eran los mismos muchachos que habían decidido no contaminarse con la comida del rey los que ahora deciden no contaminarse con sus dioses. El que es fiel en lo poco, aprende a ser fiel en lo mucho. Pequeñas lucecitas en una tierra extraña.
Podían haberse escurrido entre la multitud. Podían haber aguantado ese minuto y haber seguido con sus vidas. Pero no se esconden. Como Daniel orando junto a su ventana tres veces al día. Y cuando el emperador del mundo, lleno de arrogancia, les escupe todo su desprecio en tono burlón (“…¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (3:15)), no les tiembla la voz: “…nuestro Dios a quien servimos puede librarnos (…). Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses…” (3:16,17).
La Babilonia en la que vivimos también está convencida de su poder absoluto. Cree que nosotros y nuestras familias somos de su propiedad, pero no sabe que somos ciudadanos de otro país, que solo estamos de paso, y que las leyes de nuestro Rey nos arden en el corazón. Por eso, cuando todos aplaudan la injusticia, la ignorancia y la indecencia, no nos arrodillaremos. Cuando a lo malo llamen bueno y a lo bueno malo, no nos arrodillaremos. Cuando nos amenacen y nos insulten, no adoraremos a sus dioses. 
Porque nuestro Rey honra a los que le honran. Se pasea con ellos cuando pasan por el fuego (Is.43:2). Y pronto nos recibirá en casa.
Raquel Berrocal
Motivos de gratitud:
· Demos gracias a Dios porque, estemos donde estemos, su presencia está con nosotros y nos ayuda
Confesión:
· Queremos arrepentirnos por las veces que no hemos sido valientes para mantenernos puros y firmes sin caer y dando buen testimonio.
Peticiones:
· Que seamos fieles en lo poco, para que aprendamos a ser fieles en lo mucho. 
· Señor, ayúdanos a no conformarnos a este siglo; que vivamos pensando y actuando sabiendo que nuestra ciudadanía está en los cielos 

Daniel 3
Rescatados del horno de fuego
1El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia. 2Y envió el rey Nabucodonosor a que se reuniesen los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado. 3Fueron, pues, reunidos los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado; y estaban en pie delante de la estatua que había levantado el rey Nabucodonosor. 4Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, 5que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; 6y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo. 7Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que el rey Nabucodonosor había levantado.
8Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos. 9Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive. 10Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro; 11y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo. 12Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.
13Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que le trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Al instante fueron traídos estos varones delante del rey. 14Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado? 15Ahora, pues, ¿estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?
16Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. 17He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. 18Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. 19Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac y Abed-nego, y ordenó que el horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado. 20Y mandó a hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiendo. 21Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. 22Y como la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego. 23Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo.
24Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. 25Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.
26Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego. 27Y se juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían. 28Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. 29Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste. 30Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia.

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