miércoles, 27 de septiembre de 2017

Corazones que Arden día 3

Orar que Dios alumbre

Durante todo el trayecto los discípulos que iban camino de Emaús tenían sus ojos velados según el versículo 16. Ahora, Jesús, hace como que va más lejos y la reacción que ve en ellos es buena: le invitan a pernoctar allí, con ellos. Al partir el pan, los discípulos le reconocen porque nos dice el texto que “fueron abiertos sus ojos”

Llegados a este punto, nos damos cuenta de cómo Dios está al control de todas las situaciones. Él veló sus ojos para que no le reconocieran, se los abrió cuando quiso, hizo que iba más lejos y les dejó elegir hospedarle o no -aún sabiendo lo que acontecería-
Ellos decidieron escucharle, decidieron invitarle a su hogar, pero fue Dios quién les abrió los ojos para que viesen a Cristo.

Sin menoscabar la responsabilidad humana y su capacidad de aceptar o rechazar a Dios, podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que es Dios el que abre los ojos y el entendimiento. El Espíritu Santo es el que nos convence para reconocer nuestra condición y aceptar la gracia de Dios.

¿No sería entonces necesario, no sólo caminar al lado de la gente y mostrarles a Cristo en la Palabra de Dios, sino orar fervientemente para que sean abiertos sus ojos? ¡Que Dios nos ayude a no conformarnos con hacer nuestra parte, sino orar que Dios haga la suya!

Lucas 24:28-31 Traducción en lenguaje actual (TLA)

28 Cuando se acercaron al pueblo de Emaús, Jesús se despidió de ellos. 29 Pero los dos discípulos insistieron:
—¡Quédate con nosotros! Ya es muy tarde, y pronto el camino estará oscuro.
Jesús se fue a la casa con ellos. 30 Cuando se sentaron a comer, Jesús tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos. 31 Entonces los dos discípulos pudieron reconocerlo, pero Jesús desapareció.

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